
Caminar ya no era algo que me divertía como antes. Salí de ese lugar, justo en el momento en que la noche se derrumbó sobre mis hombros. Observaba para cada lado de la calle con extrema desconfianza. Con la cabeza baja, como si todos pudieran saber de dónde venía. La mirada estaba fija en las líneas del suelo; las esquivaba rápidamente. Decidí huir de repente de allí. No giraba mi cabeza, tenía completamente decidido no mirar para atrás.
En mi viaje escuchaba voces, pero no entendía lo que me decían. Tenía una sensación de presión en el pecho. Contener las lágrimas era una tarea bastante difícil. Mirar se hacía imposible, consecuencia de mi llanto, todo era borroso. Caminaba por inercia, porque nada me detenía. Mi mente se retorcía en el más complicado de los pensamientos, sentía la muerte reírse de mi. Me quería alejar cuanto antes, empecé a acelerar mi marcha. Pude llegar a observar ojos extraños que me miraban de lejos, escondidos en la oscuridad.
El paso del tiempo empezaba a cansarme, pero detenerme sería enfrentarlo todo, sucumbir a los tentáculos malvados que me asechaban, suprimir todo instinto de supervivencia, entregarme a la forma más cruel de morir. Cerré los ojos y dejé de pensar. Todo llegó al peor de los estados, me paralicé.
Gracias a todo lo que sucedió esa noche, pude reaccionar y detuve mi mente. Lo entendí. De no haber sentido todo eso, me hubiera sentado a llorar, a esperar que las cosas se tomen su tiempo para cambiar de rumbo. Sin embargo me di vuelta y empecé a caminar en dirección opuesta. Había decidido volver al principio. Había escapado a las voces. Lo recordaba todo. Levante la cabeza y todas las cosas cobraron sentido, ahí estaba: Yo.
